El quinto sabor del fútbol
Tengo un amigo inglés con el que me gusta ver fútbol, sobre todo porque su forma de ser del Arsenal daría para un personaje de Nick Hornby. En México vive otro amigo tan del Racing que hasta que no venga a Santander a celebrar nuestro triunfo es como si el equipo no hubiera ascendido del todo. El día que jugaron ambas selecciones, la inglesa y la mexicana, pensé mucho en ellos, y vale que en este Mundial hay días en los que vas con los equipos pequeños por aquello de hacer un corte de mangas al orden preestablecido; sin embargo, cuando quise mandar un mensaje para desearles suerte antes del partido, se me enredó la rivalidad y acabé por no enviarles nada. A la mañana siguiente, mientras se hacía el café y la cocina olía a ese inicio cotidiano, leí la crónica del partido en la que el país anfitrión había caído derrotado en el Estadio Azteca, y me alegré por mi amigo inglés, claro, pero fui incapaz de apretar las teclas pensando en el de México. Tenemos la cabeza llena de mensajes que no enviamos aunque los hayamos escrito mentalmente, es la diferencia entre la intención y la determinación, pero en el fútbol es difícil trazar una frontera clara entre ambas. ¿Puedes alegrarte del éxito ajeno cuando va en contra de una emoción propia, como por ejemplo cantar un gol de una selección aunque el jugador sea del equipo que detestas en tu liga? De nuevo recurro a Galeano en esta tribuna porque una de sus citas encarna a la perfección la extrañeza emocional que provocan los Mundiales, la de querer abrazar al jugador al que le deseas una expulsión durante la temporada, o la de ansiar que falle el héroe de tu escudo cuando viste el escudo de su país.