Recuperación del aeropuerto Maiquetía tras terremotos en La Guaira
Detrás de cada avión que aterriza en Venezuela hay decenas de personas que hacen posible la operación. El señor Farfán, de 74 años, es una de ellas.
Lo encontré en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar mientras descansaba junto a dos compañeros sobre un banco de cemento. Yo esperaba, junto a otros periodistas, la llegada del grupo de dominicanos que regresaría a su país en un vuelo humanitario.
Farfán lleva 33 años de trabajo en el área de operaciones.
Los dos jóvenes que lo acompañaban apenas tenían un mes como auxiliares de carga y equipaje. Los tres vestían chalecos verde fosforescente con el nombre de la empresa Servicios Integrales Aeronáuticos y buscaban refugio bajo una sombra que los protegiera del calor sofocante de aquella tarde.
El aeropuerto se encuentra en Maiquetía, estado La Guaira, el epicentro de la devastación provocada por los dos terremotos del 24 de junio.
Cuando le pregunto qué recuerda de aquel día, Farfán no necesita pensarlo.
“Estaba aquí cuando todo empezó a moverse”, recuerda. “Era como cuando se agita el agua dentro de una olla grande’.
Hace una pausa.
“Parecía que hubo una guerra. Como si hubiera caído una bomba”.
Cuenta que el primer movimiento fue leve, pero el segundo no dio tiempo a reaccionar. El polvo cubrió todo.
“No se veía nada”, narra. “Era como una bolsa de harina explotando”.
Corrió hacia uno de los extremos del aeropuerto mientras la estructura crujía a su alrededor.
Aún hoy señala sectores dañados de la terminal. Aunque las operaciones continúan de manera limitada, expertos estiman que la recuperación total de la infraestructura podría tomar varios meses. Pero los daños más difíciles de reparar no están en el cemento.
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Los que faltan
La mayoría de los trabajadores del aeropuerto vive en La Guaira. Por eso la tragedia golpeó con especial fuerza al personal aeronáutico.
Hay pilotos, tripulantes, agentes de seguridad, técnicos y operadores que nunca volverán a presentarse a su turno. Algunos murieron. Otros perdieron sus hogares y permanecen desaparecidos.
Uno de los superiores de Farfán perdió a toda su familia. “Su mamá, su papá y su hermano. También perdió el apartamento”.
En el equipo de operaciones se reportan al menos siete fallecidos. Otros compañeros siguen sin aparecer.
“A nosotros se nos murió un gerente de operaciones”, dice.
Mientras me cuenta eso, no puedo dejar de pensar en que gente acostumbrada a trabajar entre aviones, rutas y destinos de repente quedó sin rumbo.
Farfán ya vivió otro terremoto. Tenía 15 años cuando ocurrió el sismo de 1967 que afectó Caracas y Vargas, hoy La Guaira.
Pero asegura que nada se compara con lo ocurrido en 2026.
“Yo sentía que se me caía el mundo”.
En su familia no hubo víctimas mortales, aunque uno de sus hijos perdió el apartamento donde vivía. Un primo también se quedó sin hogar.
A su lado, Zaquiel Lorenzo, uno de los trabajadores más jóvenes, escucha en silencio. Luego interviene.
Cuenta que la víspera de la llegada del vuelo humanitario se incendió un almacén cercano. “Al olor de los cuerpos se le sumó el humo”.
Entonces comprendí de dónde provenía la mezcla de olores que parecía suspendida sobre toda La Guaira.

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Tiempos de gloria
Hubo una época en que Maiquetía era símbolo de modernidad. Durante la década de 1970 recibió vuelos del Concorde, el primer y único avión supersónico comercial que operó rutas regulares de pasajeros.
Hoy la escena es muy distinta.
De sus principales pistas, una ya se encontraba en reparación antes de los terremotos. Otra sufrió grietas significativas tras el doble evento sísmico. La recuperación quedó interrumpida por la emergencia.
El aeropuerto esperaba la apertura de nuevas rutas internacionales durante julio. En lugar de turistas y viajeros de negocios, ahora recibe equipos de rescate, médicos, suministros y ayuda humanitaria.
Los demás aeropuertos venezolanos continúan operando con relativa normalidad. La tragedia se concentró aquí. “El desastre fue acá”, apunta Farfán.
Solo basta mirar el alrededor para entenderlo.
Apenas empiezan
La Guaira conoce el dolor de las catástrofes.
Hace 26 años sufrió uno de los peores deslaves de la historia reciente de América Latina. Lluvias incesantes durante más de un día arrastraron urbanizaciones enteras bajo toneladas de lodo y piedras.
Por eso sorprende escuchar a Farfán hablar menos de sí mismo que de los jóvenes que lo rodean.
“Me dan pena estos muchachos que están empezando”.
Luego recuerda a compañeros con quienes compartió décadas de trabajo. Treinta años en la empresa. Veintiocho años. Veintiséis años.
De pronto deja de enumerar.
“¿Dónde están?”, me cuestiona.
La pregunta queda suspendida en el aire.
“Se nos fueron”.
Mientras habla, sus ojos comienzan a enrojecerse. Una lágrima se desliza, muy lento, por la mejilla derecha.
Muchos de los edificios de vivienda social construidos durante los años del chavismo colapsaron durante los terremotos. En ellos residían familias de bajos ingresos.
“Eran apartamentos que costaban diez mil dólares y se vendían por dos mil o tres mil, pagados en cuotas”, explica Zaquiel.
En La Guaira solo queda el azul de las playas que antes recibían turistas
7.2 y 7.5
Durante la conversación, Zaquiel repite varias veces los números de las magnitudes registradas por los sismos. “Siete punto dos. Siete punto cinco”.
Lo hace como quien intenta convencerse de que aquello ocurrió no fue un sueño.
Tras la tragedia, el aeropuerto dejó de exigir asistencia obligatoria a muchos empleados. Sin embargo, la falta de personal hizo que quienes permanecieron multiplicaran sus jornadas.
“Donde trabajaban diez, ahora somos cinco”, explica. “Esa es nuestra manera de ayudar”.
Hoy descarga cargamentos de asistencia humanitaria que llegan a diario.
Farfán, por su parte, habla de su familia dispersa.
Tiene seis hijos. Solo uno vive todavía con él en Venezuela. También tiene nueve nietos y dos bisnietos. Pese a todo, conserva la esperanza.
“Y con ganas de seguir viviendo”, me dice bajito, como si le diera un poco de vergüenza.
A lo lejos aparece un avión en aproximación.
Farfán lo señala incluso antes de que toque tierra. Sabe exactamente cuál es y hacia dónde se dirige. Es otro de los vuelos que llegarán esa tarde.
Se pone de pie. Debe volver al trabajo. Antes de marcharse, me da las gracias por escucharlo.
Luego me desea un buen viaje. Y camina hacia la pista, allí donde aterrizan los aviones con el personal que sacará a muchos de las ruinas.